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"Aunque no los conozca"

Escrito por: Alejandra Torrez

Ana (nombre ficticio) vive en un centro de acogida. Tiene familia, pero la visitan muy poco.


Un día me dijo que le gustaría vivir con ellos. Pero sabía que eso no iba a pasar.

Entonces le pregunté:
— Y ¿qué te gustaría que pasara?.

Su respuesta firme me sorprendió.
— Preferiría vivir con cualquier otra familia. Aunque no los conozca.

Le pregunté por qué. Me contestó algo en una frase muy simple pero profunda:
— Porque sé que sería mejor estar con una familia.

No dijo mucho más. No hacía falta.

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Su rostro decía lo que las palabras no alcanzaban: el anhelo de algo que nunca tuvo, pero que reconocía como bueno. Nadie le había explicado teorías de apego ni neurociencia del desarrollo. Ella simplemente sabía. Lo sabía como se saben las cosas esenciales: desde adentro y desde el diseño de Dios, es mejor vivir en familia.

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Nadie fue creado para estar solo

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Hay una escena que se repite todos los días en Bolivia y que casi nadie ve.

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Un niño cruza la puerta de un centro de acogida. Trae una mochila, a veces ni eso. Alguien anota su nombre en un registro. Le asignan una cama, un horario, un número de expediente. Desde afuera, el sistema funcionó: el niño está protegido, alimentado, resguardado del peligro que lo trajo hasta aquí.

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Pero dentro de ese niño está pasando otra cosa. Su cuerpo está a salvo y su corazón está preguntando algo que ningún reglamento puede responder: ¿de quién soy?


Porque los niños no necesitan solamente protección. Necesitan pertenecer.

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Lo que dicen los números (y lo que no dicen)

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En Bolivia hay más de cinco mil niñas, niños y adolescentes viviendo en centros de acogida. Cerca de novecientos mil están en algún nivel de riesgo de perder el cuidado de su familia. El tiempo promedio de institucionalización se estima entre cuatro y siete años (en muchos pueden ser más) — es decir, buena parte de una infancia y adolescencia entera.


Pero hay que decir algo con toda honestidad: esas cifras se quedan cortas.


Porque no incluyen a los niños que nunca fueron registrados al nacer y que, para el sistema, sencillamente no existen. No incluye a los que viven en las calles. No incluyen a los que están siendo explotados laboral o sexualmente, ni a las víctimas de trata, cuyo dolor ocurre precisamente donde nadie puede contarlo.


Los números más dolorosos de Bolivia son los que no tenemos.
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Pero hay un dato que debería cambiarnos la conversación: más del 80% de estos niños tiene familia conocida. No son, en su mayoría, niños sin nadie en el mundo (huérfanos). Son niños cuya familia se rompió por pobreza, migración, violencia, adicciones, enfermedad o abandono. Familias que muchas veces no necesitaban ser reemplazadas: necesitaban ser sostenidas.

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Y cuando cumplen dieciocho años, muchos adolescentes salen del sistema sin red familiar, sin quien los llame en su cumpleaños, sin dónde volver cuando la vida los golpee. Salen "protegidos" y profundamente solos.

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El Evangelio ya es una historia de adopción

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A veces hablamos del cuidado del huérfano como si fuera un ministerio más, una opción entre otras, algo para las personas que "tienen ese llamado". Pero la Biblia no lo presenta así.

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Dios se presenta a sí mismo como "Padre de huérfanos y defensor de viudas" , y dice que "Dios hace habitar en familia a los desamparados" (Salmo 68:5-6). En familia. Ese es su diseño y su instinto.

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Santiago define la religión pura y sin mancha como visitar a los huérfanos ya las viudas en sus tribulaciones (Santiago 1:27). Visitarlos. Acercarse. Involucrarse.

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Y en el centro mismo del evangelio está la palabra adopción: "nos predestinó para ser adoptados hijos suyos" (Efesios 1:5). Ninguno de nosotros llegó a la familia de Dios por mérito, por parecido, por buena conducta. Llegamos porque Alguien decidió amarnos antes de que fuéramos suyos, y pagó el precio de traernos a casa.

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Cada vez que una familia acompaña, acoge o adopta, está predicando este evangelio sin decir una palabra. Está poniendo en escena lo que Dios hizo con nosotros.

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Y si hoy no eres una persona de fe, quiero decirte algo con respeto: esto que estás leyendo es, en el fondo, la historia más antigua del mundo. La de alguien que fue buscado, encontrado y llevado a casa. Quizás no viniste a leer sobre Dios. Pero tal vez Él sí vino a encontrarte aquí. 

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Lo que la ciencia confirma
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Aquí ocurre algo hermoso: lo que la Escritura afirma, la neurociencia lo está comprobando.


Sabemos hoy que el cerebro de un niño se construye en relación. Que el trauma temprano hiperactiva los sistemas de alarma y apaga la capacidad de confianza. Que la negligencia —silenciosa, sin más tonos visibles— puede dañar tanto como el golpe. Y sabemos también lo contrario: que el trauma se sana en relación, no en aislamiento.

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Los niños que crecen en familia muestran mejores resultados en crecimiento físico, desarrollo cognitivo, salud emocional y vínculos futuros. No porque las instituciones no amen —muchas lo hacen con enorme sacrificio y recursos escasos— sino porque ningún equipo rotativo de cuidadores puede darle a un niño lo que le da una persona que dice: "tú eres mío, y yo no me voy".

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Por eso hoy, en todo el mundo, los programas de acogida residencial están haciendo una transición valiente hacia soluciones familiares: fortalecimiento familiar, reintegración, acogimiento temporal, adopción. En Etiopía, en China, en Uganda, en Latinoamérica. En lugares difíciles. Con recursos limitados. Y está funcionando.

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Si allá fue posible, aquí también.

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La Iglesia: el recurso más subutilizado de Bolivia

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Piensa en esto un momento.

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Hay miles de congregaciones distribuidas por todo el territorio boliviano. Están en la ciudad y en el campo. Tienen espacios físicos, redes de relaciones, gente dispuesta a servir, y —esto es clave— permanencia. Los programas terminan cuando se acaba el financiamiento. La iglesia del barrio sigue ahí.


No existe en el país otra red con esa combinación de presencia territorial, capital relacional y vocación de servicio.

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Y sin embargo, esa red está en gran medida desconectada del sistema de protección infantil. No por falta de amor, sino por falta de puentes: nadie nos enseñó cómo, nadie nos dijo por dónde empezar, y muchos tememos hacer daño queriendo ayudar.

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Ese es justamente el puente que hay que construir. Un puente técnico y espiritual a la vez. Porque el amor sin conocimiento puede lastimar, y el conocimiento sin amor no restaura a nadie.

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"Pero yo no puedo adoptar"

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Esta es probablemente la frase que más se escucha, y quiero responder con mucho cariño.

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Porque son miedos legítimos, y nombrarlos es el primer paso para atravesarlos.


"¿Y si me encariño y después se va?" Vas a amar con riesgo. Si. Pero la alternativa es que ese niño no sea amado por nadie. Un vínculo temporal sano deja huella para toda la vida: le enseña que existen adultos confiables. Ese aprendizaje no se lo quita nadie, aunque después se vaya.


"No tengo lo que se necesita." Los niños no necesitan familias perfectas. Necesitan familias presentes, dispuestas a aprender y acompañadas. Nadie nace sabiendo esto: se aprende, y se aprende junto a otros.


"¿Y si tienen problemas de su familia de origen?" Traen historias, no condenas. La conducta difícil casi siempre es dolor sin palabras. Con cuidado informado en trauma, esas conductas cambian. Lo hemos visto.


"Es carísimo y burocrático." Cuesta y toma tiempo, es verdad. Pero nadie tiene que caminarlo a ciegas ni en soledad. Para eso existen las redes de acompañamiento.


"Eso no es para mí." Puede que la adopción no sea tu camino. Está bien. No todos están llamados a adoptar. Pero todos estamos llamados a hacer algo.

 

Todos cabemos aquí


Detrás de cada familia que acoge se necesita una comunidad entera. Mira todo lo que cabe en ese "algo":

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  • Familias que acogen. Abren su casa por un tiempo, para que un niño no crezca en una institución mientras su historia se resuelve.

  • Familias que adoptan. Ofrecen permanencia para siempre a quien perdió toda otra opción.

  • Familias mentoras. Acompañan a un adolescente que está por salir del sistema, para que no salga solo al mundo.

  • Familias que sostienen. Cocinan, cuidan a los niños unas horas para que los papás respiren, llevan a las citas médicas, ayudan con las tareas escolares, celebran cumpleaños.

  • Los que previenen. Este es el más olvidado y el más poderoso: acompañar a una mamá sola, a una familia en crisis, para que el niño nunca tenga que ser separado . Fortalecer el primer abrazo, el de la familia de origen.

  • Los que oran, dan, abogan, se capacitan. Todos ellos son parte.

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Ninguno de estos roles es menor. Un niño restaurado nunca es obra de un héroe: es obra de una comunidad.

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Cómo puedes empezar en tu Iglesia

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No hace falta un presupuesto ni un edificio. Hace falta una decisión y un primer paso:

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  1. Sensibilizar. Que se hable del tema desde el púlpito. Que se predique sobre el Dios que hace habitar en familia a los desamparados.

  2. Enseñar. Formar a la congregación en cuidado informado por el trauma y el apego. Amar bien se aprende.

  3. Forme un equipo. Tres o cuatro personas que dicen "nosotros vamos a llevar esto adelante".

  4. Identificar familias. Ver quiénes están listos para acoger, adoptar, mentorear o sostener.

  5. Crear la red de apoyo. Nadie camina solo. Nadie.

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El Sueño


Imagina una Bolivia donde los centros de acogida sean puentes hacia la familia y no destinos finales. Donde el sistema de protección sea de verdad un sistema de restauración. Donde la iglesia sea el lugar al que una mamá en crisis acude antes de perder a sus hijos, y no después.


Eso requiere que dejemos de pensar el cuidado como un programa y empecemos a vivirlo como una cultura : algo que impregna cómo oramos, cómo predicamos, cómo presupuestamos y cómo miramos a la familia que llega tarde y desordenada el domingo.


Una cultura que Abraza.


Porque cuando un niño es abrazado de verdad, no solo sana él: sana su familia, sana su comunidad, y una nación entera vuelve a aprender lo que significa cuidar.


Y ese niño —o esa adolescente que me dijo "aunque no los conozcan" — podrá decir algún día las tres frases que todo ser humano necesita poder decir:

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"Yo pertenezco. Yo soy amado. Yo tengo familia".

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No hay mayor justicia que devolverle a un niño el derecho de pertenecer.


No necesitas tenerlo todo resuelto. Solo necesitas dar el primer paso.

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